Deseo que en 2012 os regale salud a tutiplén y que os dé la oportunidad de luchar por lo que más deseáis.
sábado 31 de diciembre de 2011
Feliz 2012
Deseo que en 2012 os regale salud a tutiplén y que os dé la oportunidad de luchar por lo que más deseáis.
sábado 24 de diciembre de 2011
¡¡Felices Fiestas!!
sábado 15 de octubre de 2011
Flores especiales
Tarragona 2017
martes 6 de septiembre de 2011
Sofie: la niña eterna
jueves 1 de septiembre de 2011
El condenado absuelto (6 de 6)
–¿Dónde estoy? –bramó fuera de sí. ¿Y mi dinero? ¿Y las joyas?
–Estás en mi casa. Olvídate del dinero y las joyas. Están donde deben estar.
Furioso intentó agredirla, pero ella volvió a adelantársele.
¿Dime, los sientes?
Paolo no se había percatado hasta ese mismo instante: un molesto dolor había invadido sus extremidades y también sentía un ligero malestar en varios de sus órganos. Aquella revelación le asustó. Dirigió una mirada de preocupación hacia la abuela.
–Esta tarde te dirigirás al centro de pueblo, y entablarás conversación con una chica, la que quieras. Luego te daré el remedio.
–¿Eso es todo? –inquirió Paolo desconcertado–. ¿Y de qué debo hablarla, de lo bien que le están sentando los rayos del sol?
La anciana eludió la ironía.
–¿De qué estás hablando? –exclamó Paolo indignado–. Menuda ridiculez. ¿Qué pretendes, vejestorio, que si quiere que me convierta en una mesa me ponga a cuatro patas delante de todo el mundo? ¿De eso se trata, de humillarme? Ni hablar. Dame la medicina ahora. No voy a volver a repetírtelo.
–Siento decirte que sabes tan bien como yo que no estás en posición de pedirme nada. Yo he vivido lo suficiente para soportar que me mates, pero si lo haces caerás conmigo. ¿Cálmate, quieres? –intentó apaciguarlo muy a su pesar–. No tienes que simular que eres un objeto ni nada por el estilo. Simplemente debes escuchar a la chica, averiguar en que quiere transformarte, siguiendo el ritual del beso y los ojos cerrados.
Paolo se tranquilizó. Algo le decía que aquella anciana cumpliría su palabra.
–Eres un bicho raro, ¿lo sabías? ¿Y cómo sé que luego no me mentirás? –preguntó para confirmar del todo su conjetura.
–Te seguiré cerca de donde vayas. Y cuando vea que has cumplido con tu parte, te entregaré el remedio.
Paolo asintió. Una vez curado, mataría a aquella vieja demente. Ahora debería tener paciencia, no precipitarse en sus acciones.
–¿Y por qué no me dejas morir? Por qué te compadeces de mí.
–No lo hago –respondió con sequedad.
–Bueno –sentenció el hombre–, si eso es todo acabemos cuanto antes. En diez minutos voy a salir en busca de una mujer con un buen culo y unas buenas tetas –manifestó insolente–. Juro por lo que más quiero que si me mientes, antes de morir haré que agonices en tu putrefacto y arrugado cuerpo. Más te vale que el dolor de mi cuerpo desaparezca, y que viva muchos años para contarles a mis nietos que conocí a una bruja despreciable que osó envenenarme.
–El dolor de tu cuerpo desaparecerá. Y vivirás muchos años. Muchos más de los que imaginas…
miércoles 31 de agosto de 2011
El condenado absuelto (5 de 6)
Dos días antes...
Desde el portón trasero de su coche, las joyas brillaban más por la fuerza del sol. Paolo acariciaba de forma enfermiza su botín, todavía sin asimilar lo que pensaba, iba a ser tan sólo el principio. Al alzar la vista vio a lo lejos cómo alguien se aproximaba hacia aquel vertedero abandonado: sin duda era ella.
Al tenerla de frente, quiso dejarle las cosas claras desde el principio.
–Espero que no hayas planeado hacer ninguna estupidez –le advirtió mientras acariciaba desafiante la culata de su arma que reposaba en su cinturón –. ¿Has traído mi dinero?
La mujer asintió con amargura y le entregó un maletín.
–Está todo, puedes contarlo. Ahora dime donde están mis hijos.
–Están en los asientos delanteros. Están bien –dijo sin apartar la vista de los fajos de billetes–. Se piensan que soy un amigo de la familia.
La mujer corrió desesperada para volver a encontrarse con sus pequeños, pero uno de los recios brazos del hombre lo imposibilitó.
–No tan rápido –musito con determinación– antes quiero divertirme contigo. ¿Sabes hace cuánto que no hecho un polvo gratis? –dijo agarrándose su miembo viril desafiante a través de los pantalones, provocando una eléctrica sacudida a su interlocutora, que no pudo reprimir una arcada–. Me apetece follarte delante del coche y es lo que voy a hacer –sentenció.
La mujer gritó aterrada. Aquel despiadado hombre pretendía violarla delante de sus hijos.
–¡No, por favor! Son muy pequeños –le suplicó arrodillada, abrazando con desesperación las piernas de aquel ser despreciable.
El hombre la abofeteó sin miramientos y la conminó a levantarse. A continuación volvió a dirigirse a ella suavizando la voz.
–Vamos, mujer, era solamente una broma. No creerás que pueda llegar a ser tan cruel. Jamás podría perdonármelo. –Hizo una pausa y prosiguió–: Así que voy a dar a tus hijos la oportunidad de evitar ver lo zorra que es su madre en realidad. –A continuación extrajo de sus bolsillos dos tiras oscuras de tela y se las lanzó con arrogancia–. Tienes dos minutos para vendarles los ojos.
El hombre observó excitado cómo la mujer, al borde de la locura, abría la puerta del coche y ataba desesperadamente las cintas en la cara de sus pequeños, rogándoles que no se deshiciesen de éstas hasta que ella regresase. Cuando volvió frente a él, éste dirigió su mirada a su reloj.
–Te ha sobrado medio minuto –se mofó–, un récord que merece una recompensa. Te regalo una de mis joyas –dijo ofreciéndole el joyero entreabierto.
Su joyero, la caja que aquel indeseable le había robado esa misma mañana en la habitación de su apartamento... Se arrepintió de haber dejado a sus hijos solos mientras había ido a hacer un recado. Sin dilación, abrió completamente la caja y extrajo entre sollozos un par de piezas.
–Veo que no has dudado en elegir esos pendientes. Significan mucho para ti, ¿verdad? –se interesó el hombre.
–Así es. Esos pendientes me los regaló mi marido durante nuestra luna de miel –se sinceró, tratando de ablandar al captor de sus criaturas, a las que más quería en este mundo.
Al hombre se le iluminaron los ojos al escuchar aquella respuesta.
–¿De verdad? Pues póntelos: así me dará más morbo follarte –ordenó sonriente–. ¡Vamos, obedece! Y no quiero que digas una sola palabra más. A partir de ahora no tienes boca, ¿entendido?
La mujer se los puso despavorida, presintiendo lo que estaba a punto de suceder. A continuación se situaron delante de coche y él la empezó a envestir salvajemente mientras ella no apartaba sus ojos, cubiertos de lagrimas, de la luna delantera del coche, implorando a un dios que permitía ese tipo de atrocidades que sus hijos no se deshiciesen de sus vendas antes de tiempo y vieran un horror que podría marcarles, como a ella, para siempre.
Minutos después, cuando el hombre se disponía a desaparecer de aquel pueblo con el saqueo a rastras, un ruido le sobresaltó. Agarró la pistola y se giró con cautela. Al hacerlo vio que una anciana la miraba fijamente a los ojos.
He visto lo que has hecho –le recriminó mientras se acercaba renqueante hacia él.
–Vaya: una octogenaria valiente –farfulló–. ¿Qué te ocurre? ¿Quieres acabar como ella? Siento informarte que ella me gustaba más que tú. A ti se te ha pasado el arroz, pero ya que lo has presenciado no me queda otra alternativa que acabar contigo. Seguro que los del asilo de donde te has escapado no van a echarte mucho de menos.
Junto en el momento en el que iba a ser estrangulada, la mujer esparció unos polvos luminosos en el rostro del hombre, que se desvaneció al instante. Cuando despertó al día siguiente yacía tumbado sobre una cama en un lugar desconocido.








