I
Aleix siente con orgullo cómo sus mofletes se van hinchado fruto del frío cortante que lo sitia constantemente. Podrá contar convencido a sus amigos del barrio que ha plantado cara de forma heroica al frío afilado de montaña. A su lado, su prima Ariadna, demasiado pequeña para comprender el significado de la sonrisa que se dibuja en el rostro descubierto del chico, prefiere parecer un ovillo andante antes que acabar resfriándose. Ataviada con un gorro de lana, una bufanda, unas manoplas de colores y un abrigo que ensancha sobremanera su menudo cuerpo, ha quedado inevitablemente hechizada por el crujir que sus botas rosas van provocando al pisar la nieve.

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Delante de ellos, sus respectivos padres arrastran jadeantes y alegres un abeto con cepellón de tierra hacia su casa. Lo han extraído del bosque que rodea el poblado mientras escuchaban embelesados el agonizante fluir del cauce casi helado del río. Los cuatro caminan en silencio, fascinados, cada uno a su manera, por el espectáculo de belleza tan difícil de encontrar en la urbe en la que viven a lo largo del año. Hace varias horas que ha dejado de nevar y la nieve se ha asentado suavemente sobre los tejados. Las calles, todas empedradas, lucen coquetas sus vestidos blancos de invierno. La textura de las fachadas embriaga. El color oscuro del humo que emanan las chimeneas invita a soñar. Un olor mágico se respira por doquier. Huele a Navidad…
II
Aleix observa sentado a pocos metros de su tío cómo éste va introduciendo leña en la chimenea. Rápidamente el fuego se excita y el crepitar de los leños le empieza a contar cuentos extraordinarios que sólo él logra adivinar. Su padre está acabando de colocar el abeto en una maceta enorme y su tía y su madre están jugando con Ariadna, que no para de explicarles entusiasmada que ha visto un ciervo enorme en el bosque. La niña intenta imitar con sus pequeñas manos pegadas en las sienes lo grandes que eran sus cuernos. Las dos mujeres sonríen emocionadas. Intuyen que esa imagen la recodarán con extremo cariño a lo largo de sus vidas.
Los seis empiezan a adornar el árbol. La calidez del fuego de la pequeña estancia no puede reprimir varios escalofríos en el corazón de los adultos.
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El tiempo parece pararse ante ellos pero lo cierto es que ya han pasado más de dos horas desde que empezaron a colocar los adornos. Canturrean villancicos y sonríen. En la casita de la montaña no hay ordenador; ni tan siquiera televisión. Pero no los echan en falta. Se han olvidados por un instante de esos aparatos tan imprescindibles.
III
Ha empezado a nevar y Aleix y Ariadna han suplicado a sus padres que les dejen salir a la calle, que quieren hacer un muñeco de nieve. Después de mucho vacilar ceden, con la condición de que no deben alejarse de casa.
Todos los adultos acaban por sentarse junto a la chimenea, excepto Gloria, la madre de Aleix, que observa entre visillos cómo decenas de niños y adultos disfrutan de este día tan especial jugando con el agua helada. Mientras tanto, su hijo y su sobrina acumulan en una fracción de suelo bolas de nieve cada vez más grandes. “Allí dentro está el corazón del muñeco de nieve”, piensa la mujer sorprendiéndose a sí misma. No puede evitar ofrecerles ayuda para elaborar las futuras facciones de la cara del cuerpo inanimado. Hacía tiempo que no sentía tanta vitalidad y energía. Tal vez desde aquella escapada, distante en el tiempo, que hizo a los dieciséis años junto a sus dos mejores amigas desafiando a sus padres con sus alocadas ansias de vivir. Gloria comienza a disimular sus lágrimas.
Después de mucho esfuerzo, Ariadna y Aleix logran acabar el muñeco de nieve. Se va a llamar Regalo. Sus ojos son dos botones negros, su nariz una zanahoria y su boca una sonrisa de carbón. Su enorme cabeza está adornada por un sombrero de copa y su cuello protegido por la bufanda de Ariadna. Ha estado hecho con tanto amor que es capaz hablar, razón por la que pronto se hace amigo de los dos niños. De pronto todo se ilumina a su alrededor. Es la luz de la Navidad…
IV
Ariadna y Aleix, amparados en el calor de las sábanas de sus camas, se tapan los oídos con la almohada para no escuchar las voces alegres de sus padres, los cuales están recogiendo los restos de la cena. Quieren que se vayan a dormir para evitar que los renos que acompañan a Papá Noel puedan asustarse. Los pequeños están algo nerviosos y no es para menos: mañana es Navidad. De forma repentina Aleix se levanta de la cama y se dirige hacia la ventana para saludar a su amigo de nieve. El muñeco les desea buenas noches. Ariadna quiere que la noche pase rápido para bajar de dos en dos las escaleras y dirigirse hacia el árbol de Navidad donde reposará su regalo. Ha pedido paz en el mundo y una muñeca gigante a la cual tratará como a la hermana que nunca ha tenido.
Siguen inquietos. No paran de hacerse preguntas. ¿Habrá leído Papá Noel mi carta? ¿Se acordará de lo que le he pedido? ¿Sabrá que esta Navidad la estamos pasando en una casa fuera de la ciudad? ¿La chimenea será lo suficientemente grande como para que Papá Noel pueda entrar? ¿Me habré portado lo suficientemente bien?

Inesperadamente, los dos pequeños oyen cómo la tenue voz de Regalo entra en escena y les empieza a susurrar con tanta ternura que sus párpados empiezan a ceder:
Dormid pequeños,
que habéis sido buenos,
dormid sin miedo,
que la Navidad va a escribir vuestros sueños…
FIN
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