Han pasado más de 90 años desde que Alemania firmó el armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial, una contienda que dejó aproximadamente a su paso tantos muertos como el número de habitantes que actualmente residen en Suecia, o dos veces la población de Irlanda. Millones de sueños se desvanecieron asfixiados por el hedor de la desolación y la sangre. Un infierno furibundo que, sin embargo, fue incapaz de hacer enmudecer el himno alegre de un milagro cantado al pie de la trinchera.
Sucedió en la Navidad de 1914. Era la primera Nochebuena que tanto Aliados como Potencias Centrales vivían bajo el yugo de la guerra. Muchos soldados sufrían larguísimas jornadas en inhóspitos fosos plagados de ratas y piojos, sintiendo en sus huesos una humedad que no daba tregua; como aquel miedo constante que les ahogaba más que una soga oprimida insistentemente al cuello.
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En el frente occidental, las tropas germanas empezaron a adornar sus trincheras con abetos iluminados. Luego empezaron a cantar villancicos, predominando sobre todo el Stille Nacht (Noche de Paz). A cierta distancia de ellos, sus enemigos, los británicos, observaban aquel oasis de luz nostálgica y alegre hasta acabar acompañando a sus contrarios con sus cánticos bañados en concordia. Cuentan que al amanecer algunos alemanes empezaron a salir amistosamente desarmados de sus trincheras hacia tierra de nadie antes el recelo de los ingleses, el cual acabó pronto evaporándose ante aquel calor de fraternidad. Ambos bandos acabaron compartiendo cigarrillos y comida.
Por si te ha picado el gusanillo
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